Pero… ¿esto es arte?

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Hace varios días leía en una de mis revistas de cabecera —Jot Down— un artículo que celebraba la muerte de la posmodernidad.

El autor, llamado Javier Gómez, hacía alusión a una exposición en el Victoria and Albert Museum llamada “Posmodernidad. Estilo y Subversión” que, según el influyente mensual británico Prospect daba por finalizada la era mas improductiva del arte contemporáneo.

En Ojo Avizor hemos indagado para aportar más puntos de vista sobre un tema tan candente como es la supervivencia de la posmodernidad y lo primero que encontramos fue una noticia como esta:

Tracey Emin anunciaba que el verano pasado, en su casa situada en el sur de Francia, se había casado con una roca. Con una piedra, vaya.
La artista acudió a su boda vestida de blanco, concretamente con la mortaja de su padre fallecido. Al parecer la idea le surge cuando Tracey conoce la correspondencia entre el papa Juan Pablo II y la filósofa polaca Anna-Teresa Tymieniecka, según la artista un ejemplo de amistad platónico e intelectual.
Tarcey Emin, autora de obras como “Todos los hombres con los que me he acostado 1963-1995″, es icono del arte posmoderno e hizo pública su boda con una piedra de su jardín con motivo de su primera exposición individual en China.
Hablar de posmodernidad, como comentaba  Javier Gómez, es hablar de una especie de vale-tudo en todos los ámbitos de la cultura, la política y la comunicación. Es hablar de este mundo globalizado que, tras ver caer los grandes pilares de la modernidad como el Estado, la Institución o la Academia, no supo a qué agarrarse y tornó su dogma en el relativismo más puro que jamás ha conocido la historia de la humanidad.

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Tracey Emin

Frederic Jameson, autor del libro “Posmodernismo. La lógica cultural del capitalismo avanzadoque hace más de 25 años estableciera los límites —gran paradoja—de lo que está dentro y fuera de la posmodernidad, afirmó poco después de que en 2008 se reeditara la versión inglesa de su libro, que el posmodernismo como estilo estético ya había pasado de moda. Ojo. Como estilo estético.
El filósofo americano dejaba muy clara su creencia de que lo posmoderno no solo afecta al ámbito estético, sino que había alcanzado los límites del mercado y vaticinó en ese ya lejano 2008 que lo posmoderno como categoría económica seguiría existiendo tal y como explicaba en su libro escrito 20 años antes.
En sus propias palabras : “También es -al menos en el uso que yo le doy- un concepto “periodizador” cuya función es correlacionar la aparición de nuevos rasgos formales en la cultura con la de un nuevo tipo de vida social y un nuevo orden económico, que a menudo se denomina eufemísticamente modernización, sociedad postindustrial o de consumo, sociedad de los medios de comunicación o del espectáculo, o capitalismo multinacional.”
Ese es el quid de la cuestión.
¿Es lo posmoderno algo tan superable como un estilo estético?

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No podemos tratar sobre la era posmoderna sin nombrar al gran Gilles Lipovetsky.
El filósofo francés define en su obra “La era del vacío”  lo que se ha considerado la sociedad posmoderna, con temas recurrentes como el narcisismo apático, el consumismo, el hiperindividualismo psicologista, la deserción de los valores tradicionales, la hipermodernidad, la cultura de masas y su indiferencia, la abolición de lo trágico, el hedonismo instanteneista, la pérdida de la conciencia histórica —muy actual—  y el descrédito del futuro, la moda y lo efímero, los mass media, el culto al ocio, la cultura como mercancía, el ecologismo como disfraz y pose social, entre otras.  Es complicado saber en qué momento superaremos estos dogmas tan instaurados en nuestras vidas.

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Gilles Lipovetsky

Volviendo a lo que nos ocupa, que es el posmodernismo como categoría estética, yo estoy de acuerdo con Jesús. Ha muerto. Y si no lo ha hecho, está herido de muerte.
Por otro lado es imposible que sobreviva al debacle tecnológico, social, artístico y comunicacional que hemos vivido desde aquél Urinario de Duchamp. Quiero decir que es imposible comparar el Urinario 
con el huracán de obras posmodernas que ya suenan todas muy parecidas entre sí y que asaltan nuestros museos y nuestras revistas culturales.
Es esa mutación de lo que comenzó siendo provocación — y que ya no provoca a nadie—  lo que está avocado al fracaso.

La explicación, siempre hipotéticamente, puede ser que la posmodernidad como la imaginaron los primeros rebeldes que arremetieron contra la Institución haya evolucionado —o degenerado, según los más críticos— hacia algo más abstracto, más snobista y, como Javier Gómez exponía en su artículo, hacia “un arte que, como todos los revolucionarios con despacho, terminó convertido en aquello que odiaba: una categoría apoltronada.” Tiene mucho que ver con una frase que leí hace tiempo en un libro del gran Rodrigo Fresán “Jardines de Kensington”, que recomendaba en nuestro artículo anterior.
La frase formaba parte de una carta que un padre escribía a su hijo sobre las sus épocas de revolucionarios y dice así: “Hemos caído en la trampa…nos creímos los más sabios y acabamos siendo los más ingenuos. El stablishment nos tentó con la manzana del `ser diferentes´y nosotros la mordimos sin tener en cuenta los gusanos“,  la carta cierra así de contundente: “ahora nos hemos convertido en una generación que disfruta del pelo largo, la música india y del hedonismo de las comunas por el tiempo que dure el recreo.

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Y es que si el arte posmoderno surge como rechazo del papel que jugaron las vanguardias modernistas que, según los artistas posmodernos, fracasaron en su labor de sociabilizar el arte, separarlo de las academias y acercarlo al público, los posmodernos tampoco lo han terminado de lograr. Quizá ni tan siquiera lo pretendieron nunca.
El arte posmoderno actual tiene mucho de snobismo y hedonismo. Las galerías y el nuevo sistema económico hicieron que las Vanguardias modernas perdieran credibilidad como movimiento social. Frente a las propuestas del arte de vanguardia, los posmodernos parecen no plantear actualmente nuevas ideas, ni ética ni estéticamente hablando. Reinterpretan la realidad que les envuelve, mediante la repetición de imágenes anteriores, que pierden así su sentido. La repetición encierra el marco del arte en el arte mismo, se asume el fracaso del compromiso artístico, la incapacidad del arte para transformar la vida cotidiana. Pero ellos también cayeron en la trampa del sistema capitalista, quizás a sabiendas. Al fin y al cabo la monetización artística desmesurada, que ha hecho del arte una burbuja más como la inmobiliaria, termina con la imaginación y la libertad creativa. Parece que, lo que fuera transgresor, terminara siendo un arte vago e improductivo.
Para cerrar este artículo y como Rosa Olivares comenta en su artículo ¿Qué nos ha pasado? para EXIT_EXPRESS, ha llegado un momento en el que tenemos que preguntarnos qué hemos hecho mal. Por qué el arte aburre al público. Por qué ya no apasiona.

 

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