“Manual para muejres de la limpieza” de Lucía Berlin.

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No. No se parece a Raymond Carver. Tampoco se parece a Richard Yates. Quizá, como dicen algunos, su obra es heredera de Proust o Chèjov, pero es una herencia peregrina. Como la propia Lucía Berlin.

Su prosa es orgánica, aparentemente sencilla, divertida y tierna. Sus historias de desavenidos solo pueden haber sido escritas por aquélla que ha vivido tantos estados como letras tiene un alfabeto.  No cae en la ironía fácil. No se consume en el autoreflejo. No se sabe hasta qué punto es ficción. Simplemente el lector se deja caer en un relato tras otro hasta que, como si de una terrible borrachera se tratara, termina el libro. Manual para mujeres de la limpieza es un libro que deja una inevitable resaca. Un libro en el que, a pesar de su inocente devenir, termina uno despeinado. Con agujetas. Las mismas agujetas con las que acabó su vida Lucía Berlin.
Y qué vida…
Nacida en 1936 en Alaska hija de un ingeniero de minas, vivió en sitios tan dispares como Idaho, Kentucky, Montana o Santiago de Chile, donde aprendió español. A pesar de haber nacido de buena cuna en el seno de una familia sin problemas económicos -incluso estudió en la Universidad de Nuevo México teniendo como profesor a Ramón J. Sender- al alcanzar su edad adulta tuvo una vida bastante desviada de los parámetros que se podrían haber esperado para ella: tres matrimonios y posteriores divorcios con hombres problemáticos y drogadictos, cuatro hijos, múltiples y muy variopintos empleos para mantenerlos, un alcoholismo arrastrado durante años, ruina económica y un largo etcétera que se ve reflejado en sus relatos pues, atravesando las páginas repletas de historias de abortos, borrachos, personajes de Nuevo México, antidepresivos, mujeres -siempre mujeres- , sangre y sudores, parece que estuvieras conversando con la escritora. Fumando un cigarrillo y bebiendo un vaso -o dos- de bourbon.

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La pregunta es obligada: ¿por qué este póstumo reconocimiento? ¿Por qué Lucía Berlin no fue aclamada en vida?

La escritora Elizabeth Geoghegan, en un artículo que publicaba la sección cultural del diario El País, lo deja bastante claro:

“A menudo me he preguntado por qué la ficción de Lucia ha tardado tanto en recibir el reconocimiento que merece. Creo saber por qué. Y creo que ella también lo sabía. Hasta ahora yo no lo veía. Una vez me contó una historia de una beca de escritura que le concedió el National Endowment for the Arts (NEA). La usó para viajar a París, se fundió todo el dinero y no escribió una sola palabra. Más adelante, mandó una carta de agradecimiento a la NEA contando todo lo que había hecho con el dinero: de todo salvo escribir. Por supuesto, luego hizo una broma sobre no volver a ganar nunca más otro premio. Es cierto, puede que Lucia y yo nunca hablásemos de haber dejado la bebida, pero si uno lee sus relatos se da cuenta de lo horrible que eran las cosas. Embarazada y pasando drogas por la frontera. Despertar en un centro de desintoxicación. Cosas peores. Pero ese era el material de ficción cargado de un humor salvaje, un humor que solo es posible cuando se narra el pasado. Lo ocurrido en la vida real no tenía gracia. Cualquier fama o éxito podrían haber hecho descarrilar a Lucia. Después de haber logrado sobrevivir a tantas cosas, que algo fuese repentinamente tan bien podría haber significado la ruina. Y nunca iba a volver allí, aunque le costara su carrera.”

Se puede decir más alto, pero no más claro. Para bohemios y descarriados, de lectura obligada.


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