Los Borbones en pelota.

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No. No se trata de una irónica portada a propósito del Caso Noós aunque bien podría serlo. No se trata de una broma sobre Barbara Rey y su rey Juan Carlos, tampoco. Este títular responde al título de los dos porfolios que recibió en 1986 la Sección de Bellas Artes de la Biblioteca Nacional. En concreto se trataba de un total de 89 acuarelas de temática satírico-política, la mayoría de ellas con contenido claramente pornográfico cuyos protagonistas no eran otros que la reina Isabel II; su confesor, el padre Claret, sor Patrocinio; el rey consorte, Francisco de Asís; el presidente del consejo de ministros isabelino, Luis González Bravo e incluso su amante en vísperas de la Revolución de 1868, Carlos Marfori.

Las acuarelas, que claramente apuntaban al periodo de 1868 – 1869, estaban firmadas por un tal SEM, V. Sem, Semen o V. Semen, según la ilustración. Aquí comienza una discusión que llega hasta nuestros días: ¿Son o no son estas acuarelas obra de los románticos hermanos Bécquer?
Aunque parezca imposible por la imagen recatada y pacata que tenemos de los Bécquer, la polémica surge porque ambos fueron colaboradores de la revista satírica de la época Gil Blas y en ella nos consta que firmaban algunas ilustraciones y textos con el inquietante pseudónimo SEM. Podemos imaginar a los seguidores del escritor y su hermano echándose las manos a la cabeza y negando que el costumbrista y dramático universo becqueriano pudiera verse manchado con semejantes ilustraciones. Por otra parte la ideología de ambos, según la convención admitida, estaba muy alejada de la progresista, republicana y radical, antimonárquica y anticlerical que inmediatamente se atribuyó a aquellas viñetas y a sus leyendas. Por lo que la polémica está servida.

Más tarde se empezó a barajar la hipótesis de que SEM se trataba de un colectivo de artistas, ¡en el s.XIX!, entre los que se encontraría el pintor y dibujante republicano Francisco Ortego.  Los becquerianos podían respirar tranquilos… O no.
Más allá de la autoría de estos atrevidos dibujos podemos entrever la convulsa situación que vivía la sociedad española de aquélla época.
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La reina Isabel II, criada en una monarquía absolutista cuyas brasas siguieron ardiendo mucho tiempo después de que desapareciera, bloqueó desde el principio una parlamentarización de la monarquía. Pero en lugar de catapultarla a la cúspide de la capacidad de maniobra nacional,  este hecho supuso la ruina de la monarquía como poder “al margen”. En ese sentido fue la lucha entre partidos y fracciones de partidos lo que convirtió la vida privada de la reina en un instrumento de lucha política. No dudaron nunca en utilizar la privacidad de la reina para desprestigiarla y debilitarla políticamente.

Este hecho desencadenó la falta de liderazgo de la corona como institución indiscutible por encima de los partidos políticos. La autoridad de la reina fue dificilmente acatada por los partidos políticos gobernados por hombres.  De hecho, se conoce que fueron ellos, junto con las altas capas de la nobleza e incluso el mismo rey consorte, los que iniciaron los rumores -por otro lado certeros- de la agitada vida privada de la reina Isabel II sin saber, quizá, que esto daría lugar a una crisis moral que desencademaría en la revolución de 1868.

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Lejos de discutir si la reina Isabel II era solo una víctima -cosa que descartamos- y lejos, por supuesto, de enarbolar la monarquía -cuanto menos la de la España del s. XIX- cabe discutir una última cuestión:
¿No se trata -una vez más- de un asunto de doble moral entre hombres y mujeres? Lo que se consentía abiertamente entre todos los hombres de altas clases y, por supuesto, entre todos los reyes anteriores, no se consintió en aquella mujer en particular. Quizá no es tanto una doble moral como un asunto cultural más profundo que deja a la luz las diferencias de naturaleza y funciones entre los hombres y mujeres de la España del s.XIX. La burquesía -que conformaba la gran mayoría de personas con un mínimo grado de influencia social- tenía afianzado el ideal de mujer como una especie de “ángel doméstico” cuya función era representar la moralidad nacional – en contraposición a la depravación de la nobleza- y nunca llegaría a perdonar que la reina, siendo una mujer pública, aireara -o dejara airear- sus perversiones más íntimas.
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Fuentes:
http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/32/48/_ebook.pdf

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