Cuando el teatro indignado indignó al respetable.

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Miguel de Arco, dramaturgo, guionista, director de escena y actor, ha tocado todos los palos desde los inicios de su trayectoria. Persona influyente en el ámbito cultural, hace poco le veíamos en la inauguración del Festival de Teatro Clásico de Cáceres —ahí es nada— junto al actor Rafael Álvarez “El Brujo”, solicitar más apoyo a la cultura refiriéndose sobre todo a la necesaria bajada del IVA cultural, aquél que aleja cada día más la cultura de las personas de a pie.
Pues bien, hace poco más de una semana con su estreno “Cómo está Madriz” ha tocado palo santo, como se suele decir, ya que ha conseguido levantar de la butaca —no para aplaudir, precisamente— al mismísimo ex ministro Alberto Ruiz-Gallardón en el Teatro La Zarzuela.

La obra, una reinterpretación libre de las zarzuelas “La Gran Vía” y “El año pasado por agua”, hace alusión —para muchos incómoda— a temas actuales tales como la corrupción —en un momento de la obra suena la jota de la Rata, nombrando explícitamente a Bárcenas y a Rodrigo Rato—,  a la deuda pública —interpretada por un señor obeso en patines que no para de engordar—, a la justicia —interpretada por una tortuga. También a Esperanza Aguirre y sobre todo a los ciudadanos mermados, ajenos a la realidad, que aplauden la construcción de obras faraónicas creyendo que el bienestar de una sociedad se trata de eso.

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Pocas veces lo que pasa en el escenario y la realidad van tan de la mano“, declaraba el director a pocos días del estreno. Y es que todo apunta a un éxito que conseguirá atraer a un público más joven y activo a las butacas del teatro. Pero el gamberrismo no es bien recibido por los sectores más conservadores de la cultura. Sobre todo cuando es un gamberrismo inteligente, no vaya a ser que el público pille el paralelismo y despierte. No vaya a ser que la cultura alimente las mentes dormidas que tan bien les han venido hasta ahora. No vaya a ser que la cultura cumpla su verdadera función.

Por todo esto, la obra fue interrumpida por un grupo de personas que no pillaron la broma. Que no entendieron que el verdadero enemigo no es el que te zarandea para que despiertes. Que no es cuestión de matar al mensajero, una vez más.
Se levantó en plena representación una fila entera, que, con una falta de respeto inaceptable, comenzaron a abuchear, a gritar y a impedir que la obra continuara. No tardaron en ser rechazados por el resto del público, que esperaba que la función continuara con normalidad. Al final se produjeron enfrentamientos entre los dos “bandos” que hicieron que el propio Paco León invitara a los abucheadores a abandonar la sala.

“No eran habituales de la Zarzuela”, dice el jefe de sala. “Nunca pensé que asistiera a una escena tan violenta en el teatro”, relata según el diario El País Daniel Galindo, periodista cultural de RNE y presente en la representación de ayer. “Se levantó una fila entera, pero no se fueron sino que se quedaron como buscando bronca”, añade.

Cuando los revoltosos —que “casualmente” estaban todos sentados en la misma fila, lo cual suena a que el boicot estaba más que acordado— abandonaron la sala, la función continuó con normalidad aunque, según testigos, las risas ya no eran las mismas.

Es una pena que ocurran estas cosas.

Estamos quizá ante un sector de la sociedad que no sabe aguantar una broma. O ante un sector de la sociedad que sabe que esto ya no es una broma y patalea como los niños en la guardería cuando les obligan a compartir sus caramelos.

Dice Tomás Marco, crítico en el diario El Mundo, que “Miguel del Arco ha tomado dos zarzuelas de Chueca y algún pasaje de Barbieri y los ha mezclado en un producto fotogénico, moderno pero no del todo atinado.”  Esto podría responderse esta crítica con una declaración del actor Paco León a la salida de la obra, me parece ridículo que alguien se ofenda tanto por una pieza teatral, les debería ofender más la realidad

Sea como fuere las entradas para ver la obra se siguen vendiendo como churros e incidentes de este tipo no hacen sino animar a otros directores, actores, escritores, artistas, a seguir enviando mensajes de disconformidad al mundo. Porque, por suerte, aún podemos hacerlo. Aunque muchos se sigan empeñando en matar al mensajero cuando no nos gusta oír lo que nos cuenta.

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