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Puerta perfecta

Una puerta perfecta es un trabajo. Un trabajo. Así se lo he oído a una mujer que discutía con alguien al otro lado de su teléfono. La puerta tiene que ser perfecta.


Que sea una puerta es lo de menos. Que sea perfecta es lo importante. Así es nuestro sistema de valores. Es una mierda pero nos distrae de nosotros mismos, porque lo que somos «nosotros mismos» es duro de reconocer. Somos seres que han aceptado no ser quienes son y dejar de tener problemas triviales significa enfrentarnos a la realidad de que hemos aceptado la disciplina y el capitalismo feroz como base de nuestra existencia hasta el punto de ser ese opio que nos distrae de reconocer que no nos parecemos en nada a quienes un día quisimos ser. Nos importa que la puerta sea perfecta para que no nos importe demasiado lo demás.


Es lunes después de un puente largo. Hemos comprado nuestro tiempo libre en la playa, en el campo, en restaurantes, hoteles… en cosas que le dan sentido a un hecho escalofriante. Es el siguiente:

¿Quién de los que leéis esto no os habéis levantado el lunes diciendo eso tan íntimamente relacionado con nuestro verdadero yo: «PUTO LUNES»? Todos queremos quedarnos en la cama. Todos queremos hacer algo que no suponga estrés, obligación, plazos, reconocimiento, aceptación social… Todos queremos seguir viviendo en esa cosa tan cara que es el tiempo libre y que no debería serlo. Solo que sin pagar nos cuesta mucho saber ser. Por eso nos levantamos, exclamamos nuestro «PUTO LUNES» y nos ponemos a funcionar. A fabricar y demandar puertas perfectas, un móvil con mejor cámara, una televisión más grande, la septuagesimoquinta camisa en nuestro armario. Es la más sutil de las disciplinas.


Llenamos nuestro tiempo con consumo, trabajos mecánicos, gimnasio, gente y todo lo que nos evite conocernos. No nos apetece aguantar nuestras historias y es lógico. Cuando nos toca compartir tiempo con nosotros mismos todo a nuestro alrededor necesita una solución. Por ejemplo, esta mañana he tendido mi ropa en la zona común y a los diez minutos alguien ha tocado el timbre de mi puerta. Era una vecina. Aspecto cuidado, traje de ejecutiva, casco en la mano y llaves de moto cara. Parece tenerlo todo resuelto, «estar bien», pero necesita que retire el tendedero de la zona común porque las normas así lo estipulan y ella, pese a que vive en el patio contiguo, necesita solucionarlo. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve que la puerta sea perfecta si al cruzarla te encuentras con las intimidades del vecino?

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