MAGAZINE CULTURAL INDEPENDIENTE PARA MENTES HAMBRIENTAS

Yo no quiero ser Steve Jobs.

“El ser humano no soporta una sucesión larga de días felices.”


 Goethe

Hace unos días hablaba con un amigo sobre los vaivenes de nuestras profesiones. Él se dedica al mundo audiovisual. Yo me dedico al mundo del Social Media y la redacción de contenidos -a veces publicitarios y, cuando tengo suerte, mundanos como este-.

Ambos coincidíamos en que sentíamos una especie de “angustia” continua a causa de la rápida evolución de nuestros campos de trabajo. Tienen el inconveniente de que, si te despistas, te quedas atrás y, como dijo aquel: “Camarón que se duerme…”


Mi amigo me contaba que cada día se sentía un poco más lejos del “ojo del huracán” y que, últimamente, lejos de estresarlo, esto le había hecho más feliz. Le había hecho feliz dejar de pensar en que cada día aparecen, en su caso, equipos de vídeo más profesionales en manos de jóvenes más preparados; dejar de pensar que, además de saber ejecutar su trabajo, tiene que saber venderse. Le había hecho feliz dejar de acatar todas aquellas lecciones que dan los gurús de LinkedIn sobre marca personal, cómo comportarte en las redes sociales, las 10 formas de alcanzar el éxito, lo importante es que saber cuánto apretar al dar la mano para cerrar un trato y parayaquenocabenmásmierdaenmipequeñocerebro.

¿Deja una marca en el Universo? ¿En serio dijo eso Steve Jobs? WTF

Estoy hablando de la tiranía del éxito y la felicidad.
Vivimos en una especie de universo Orweliano en el que está bastante mal visto decaer, descansar, estar triste, en fin, en cierto modo salir del rebaño.
Solo debes acercarte a cualquier red social a echar un ojo. Usuarios de Facebook que rebosan alegría, tiempo libre, dinero para gastarlo, inspiración, tiempo para desconectar, tiempo para leer, éxitos rotundos de un lado y del otro. Perfiles de Facebook plagados de fotos con los tonos virados, regadas de frases absurdas que han dicho personajes absurdos para dar lecciones.

Te aseguro que si me dieran un euro cada vez que veo alguna imagen de Steve Jobs encima de un escenario, con alguna frase de coach barato, hoy sería multimillonaria.

Yo he sufrido durante mucho tiempo el “síndrome LinkedIn“.
Cuando -por motivos laborales-  tuve que echarle más horas de la cuenta a la red de los gurús, entré en una vorágine de éxitos ajenos, cargos absurdos escritos en inglés, puestos de trabajo desconocidos hasta entonces e inservibles en cualquier empresa, de másters privados y cursos acreditados por Google, de prácticas en agencias imposibles y, por si fuera poco, de fotos de Steve Jobs con frases sobre cómo ser Steve Jobs.  Y es que  ¡ay de tí! si contestas: “perdón, es que yo no quiero ser Steve Jobs“.
Porque si piensas así es que no estás hecho de la misma  pasta que los que nacieron para alcanzar el éxito. Porque el éxito es un iceberg y requiere esfuerzo, abandonos familiares y calvas por estrés.

Pero, queridos gurús de gurús. Queridos expertos en coaching y expertos en (tiranizar la) felicidad. Yo os pregunto: ¿Qué es el éxito?

En el mundo del arte y la cultura pasan cosas muy parecidas. 

Pobre del artista que no quiera ser seleccionado para participar en una feria como ARCO.  O que, al fin y al cabo no intente seguir los pasos ya establecidos por un mundo que forma parte del mercado y, por ello, vive sometido.
Pobre del artista que hoy no sepa venderse, que no entienda el protocolo a seguir con los mecenas, mercaderes, galeristas, comisarios.
Pobre del actor cuya finalidad no sea ganar un Goya. Aunque sea con una película de dudoso contenido.
Pobre del artista que prefiera alejarse de la farándula escaparatista para montar su pequeño sueño. Sin pretensiones, por amor al teatro.
Pobre del periodista que quiera formar su propia escuela y tener su propio estilo. Que no tenga interés por ganar un premio, sino que prefiera, con su sueldo medio, poder hacer lo que le gusta de la forma que le gusta.
¡Loosers todos! ¿Qué pensarían de esta mediocridad  Woody Allen o Steve Jobs?

woody

Hemos construido un mundo sobre mensajes imperativos calcados de la publicidad más directa, que ya no nos dice CONSUME, ni COMPRA, ni NECESITAS. Nos dice: SE FELIZ. SE POSITIVO. ESTÁ SIEMPRE INSPIRADO Y DISPUESTO. SONRÍE. MUÉSTRATE. QUE TODOS VEAN TU ÉXITO. ¿ESTÁS TRISTE? ¿UNA MALA ÉPOCA? ¡DISIMÚLALO! QUE NADIE TE VEA, PERDERÍAS LA CREDIBILIDAD.

Como contrapartida a esto podemos decir que vivimos en una sociedad a la que le está costando mucho alcanzar la estabilidad económica, en una sociedad donde las ventas de material de autoayuda se disparan, así como la de antidepresivos, los suicidios se multiplican y las adicciones se expanden en todos los segmentos de la sociedad. No somos tan felices como aparentamos ser en nuestro escaparate al mundo. Pero no nos angustiemos, ¡no pasa nada!

El psicólogo Vicente Bay lo explica así: 

“Primero de todo comprender que la felicidad no debe entenderse como un estado, sino como un proceso cambiante. No es algo que se consigue y ya se tiene. No es un premio que se alcance y pueda exhibirse en la vitrina de la vanidad o almacenarse en el desván de los logros conseguidos. No es algo estático ni permanente ni inmutable. “

Pues creo que con el éxito pasa lo mismo. La aparición de las RRSS nos ha dado la oportunidad de imitar el estilo de vida de las celebrities en cuanto a exposición mediática se refiere.  Contamos nuestra historia como si lo hiciéramos en tercera persona, como si en realidad fuera importante que todos lo supieran. Hacemos que las palabras felicidad y éxito sean banales, vacías de contenido. Hacemos que tengan una medida y un color exacto. El éxito y la felicidad tal como la presentamos aquí no existe. Son los padres.
Cada uno debería valorar sus aspiraciones y compararlas con sus herramientas y hacer una ecuación en la que la suerte, la política, la época y los acontecimientos no previstos tienen mucho que aportar.

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